Viajar en auto tiene algo de mágico.
Especialmente si se viaja en uno como el mío en el que, gracias a manos anónimas, no se puede escuchar radio. Al rato uno se cansa del mp3, que por supuesto olvidó recargar y sigue con la misma música de los 5 viajes anteriores.
La magia se hace presente... empezamos el mate y empezamos a conversar. Conversaciones, al principio intrascendentes o del pasado mediato. Después, a medida que los kilómetros pasan la conversación va orientándose y siempre, o casi siempre, terminan saliendo temas de los que no hablaríamos nunca en la vida de no darse esta situación.
Hablar no cambia lo sucedido pero, mágicamente, ayuda a sacarle las espinas al alma .
